En un prado tibio, donde los caminos se marcaban solos entre la hierba, vivía la señora Tortugot, una tortuga de tierra de caparazón pulido y paso muy medido. Cada mañana salía a dar su paseo, y aunque siempre llegaba a tiempo, lo hacía con tanta calma que los caracoles la saludaban dos veces.
La señora Tortolina tenía un deseo secreto, que guardaba bajo el caparazón como una carta bien doblada: quería ser la tortuga más rápida de la carrera anual de tortugas de tierra. Pero los años habían pasado sin animarse a participar.
Avanzaban por el prado cabalgando juntos: ella con paso firme, él señalando atajos, esquivando piedras y anunciando pendientes. No corrían, pero nunca se detenían. Cuando la señora Tortugot se cansaba, Remigio contaba historias para aligerar el trayecto; cuando Remigio dudaba, Tortugot seguía adelante sin quejarse.
Con los días, algo curioso ocurrió. Los caminos se les hicieron más cortos, las mañanas más ligeras, y los caracoles dejaron de saludarlos dos veces.
El día de la prueba, atravesaron el prado de un extremo al otro antes de que la sombra del roble se moviera. No hubo aplausos ni cronómetros, solo una risa pequeña y un suspiro satisfecho.
Y así, cabalgando juntos, comprendieron que la verdadera velocidad no está en correr solo, sino en avanzar acompañado.

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