En una hondonada verde, donde el musgo era tan suave como un cojín de costura, vivían las liebres costureras, la señora Brizna y sus dos hijas, Almendra y Castaña. Tenían una casita de ladrillo bajo un espino, con ventanas pequeñas y una mesa siempre llena de hilos.
Las liebres se pusieron manos —y patas— a la obra. Sacaron una tela roja como las bayas de escaramujo y la midieron con un dedal de porcelana. Almendra cortó con tijeras diminutas; Castaña enhebró una aguja que brillaba como una gota de rocío; y la señora Brizna cosió puntadas tan finas que parecían hormigas ordenadas. Para los acabados usaron la preciosa y antigua máquina de coser de la abuela Adelfina.
Mientras cosían, el viento intentó colarse por la ventana y el gato del molino rondó curioso, pero las liebres no se distrajeron. Al caer la tarde, el abrigo estaba listo: tenía botones de madera y un cuello cálido, perfecto para vigilar senderos.
Las liebres cerraron la puerta, guardaron los hilos y tomaron té de manzanilla. Afuera, el prado parecía agradecerlo: hasta las hojas, al caer, parecían cosidas con cuidado.
Y así, con puntadas pequeñas, el otoño quedó bien abrigado.



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