En una colina cubierta de hierba fresca, donde los árboles inclinaban sus ramas sobre los caminos de tierra, vivían cinco conejitos hermanos: Rubi, Lino, Trufa, Pompón y el más pequeño, Curioso. Aquella mañana, los conejitos estaban llenos de ilusión: la gran feria había llegado a la ciudad. Carruseles, luces y risas los esperaban, y sus narices temblaban de emoción.
Pero, al asomarse a la ventana, vieron algo que hizo temblar sus orejas: el cielo se cubría de nubes grises y densas. La lluvia amenazaba con arruinar la feria y, sobre todo, con mojar los abrigos nuevos que su mamá había cosido con tanto cuidado.
—No podemos dejar que la lluvia nos detenga —dijo Curioso, el más intelectual—. Quizá haya algo en la biblioteca del abuelo que nos ayude.
Los conejitos se escabulleron entre estantes polvorientos y libros de tapas gastadas. Curioso hojeó páginas amarillentas hasta que dio con un libro japonés antiguo, escrito con delicados caracteres y dibujos de muñecas de papel.
—Miren —dijo— aquí hay una leyenda: “Si haces con cariño una pequeña muñeca de papel y la cuelgas de la ventana, las nubes sentirán compasión y se alejarán para no dañar a la muñeca”.
Rubi y Lino tomaron tijeras diminutas, Trufa dobló cuidadosamente el papel y Pompón añadió un pequeño lazo rojo. Curioso supervisaba cada pliegue, asegurándose de que la muñeca quedara perfecta. Cuando terminó, la colgaron de la ventana con un hilo fino y transparente.
Los conejitos esperaron en silencio. Primero, nada ocurrió. Luego, una brisa ligera meció la muñeca. Y poco a poco, como si el cielo comprendiera la ternura de aquel gesto, las nubes comenzaron a apartarse, dejando filtrar rayos de sol que pintaron el prado de dorado y verde.
—¡Ha funcionado! —gritaron los cinco conejitos, brincando y abrazándose.
Y así, con la muñeca colgada y la lluvia contenida, los hermanos pudieron disfrutar de la feria, saltando entre carruseles, comiendo manzanas caramelizadas y recordando que a veces, los pequeños actos de cuidado pueden cambiar incluso al cielo.
Fin

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