En una casa tranquila, donde el sol entraba en cuadrados por la ventana del baño, vivían dos gatitos hermanos llamados Fosc y Drac. Fosc era oscuro como la noche tibia y valiente por costumbre; Drac, más claro y soñador, tenía una gran imaginación… especialmente cuando se trataba de imaginar cosas terribles que podrían pasar.
Fosc saltó sin pensarlo dos veces. Pero Drac se quedó en el borde, con las patitas bien juntas. El agua le parecía profunda, misteriosa y quizá un poco peligrosa.
—No pasa nada —le dijo Fosc—. Mira.
Sacó de debajo del lavabo un aro para hacer burbujas de jabón. Lo mojó con cuidado y sopló. Una pompa grande, brillante y lenta, flotó por el aire. Luego otra. Y otra más.
Drac olvidó el miedo por un momento. Sopló también. Las burbujas subían, se tocaban y estallaban con un plip diminuto. Sin darse cuenta, Drac metió primero una pata… luego otra… y al final, entró entero en el agua.
—¡Está calentita! —dijo sorprendido.
Pronto, los dos hermanos jugaban a salpicarse suavemente, a esconderse bajo la espuma y a llenar el baño de pompas relucientes. El miedo de Drac se disolvió como jabón, y entre risitas pensó que la próxima vez sería más valiente desde el principio. Estaba feliz...
Pero el suelo no opinaba lo mismo.
Fosc y Drac bajaron las orejas, y éste último no pudo evitar sonreír. Porque, incluso con una pequeña regañina, había descubierto que los miedos, a veces, solo necesitan una burbuja para desaparecer.
Fin


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