Con la llegada de la primavera, cuando los charcos volvían a cantar y el aire olía a hierba nueva, la Señora Masagaltas, una rana verde de modales cuidadosos, salió a buscar un lugar apropiado donde poner sus huevos.
No quería cualquier estanque. Buscaba uno tranquilo, con sombra por la mañana y sol amable por la tarde, lejos de niños curiosos y cigüeñas distraídas.
Tras varios saltos prudentes, descubrió algo extraordinario: una casa colonial abandonada, de paredes claras y contraventanas torcidas, dormida bajo la hiedra. Detrás de ella había un precioso estanque, redondo como un plato de porcelana, rodeado de rosales antiguos, margaritas y flores silvestres que se inclinaban para mirarse en el agua.
La Señora Masagaltas se acercó con cautela. Probó el agua con una pata. Estaba fresca y limpia. Escuchó. Solo el zumbido de una abeja y el susurro del viento entre las rosas.
—Aquí —croó suavemente— será perfecto.
Se instaló bajo una hoja grande de lirio y, con gran delicadeza, depositó sus huevos brillantes como pequeñas perlas. Por las tardes, descansaba en una piedra tibia; por las noches, cantaba bajito para no despertar a la casa dormida.
Pronto, otros vecinos llegaron: un caracol de concha rayada, una libélula azul y un petirrojo que bebía del estanque con elegancia. El jardín, agradecido, parecía florecer aún más.
Y así, entre rosas, agua clara y silencio amable, la Señora Masagaltas encontró no solo un lugar para su familia, sino un verdadero hogar, donde la primavera decidió quedarse un poco más.
Día a día crecieron con paciencia: primero colitas inquietas, luego patitas diminutas. El estanque se llenó de suaves chapoteos y ensayos de croar, cada vez más seguros. Cuando por fin se convirtieron en ranitas verdes, el jardín parecía respirar con alegría.
La Señora Masagaltas los miró nadar y saltar, y supo que aquel estanque, rodeado de rosas y flores, estaba ya lleno de vida.


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